Produce una emoción especial leer la memoria del proyecto de Josep Miás porque describe la historia de una relación entre el arquitecto y una parte de la ciudad que va a intervenir, una relación que se remonta a su etapa de estudiante cautivado por el barrio y su gente. La aproximación presente describe el esfuerzo por rescatar no el recuerdo sino el ser del lugar. La voluntad declarada del autor es “la comprobación del lugar con el afán de identificar aquello que nos permitiera revelar sus cualidades y poderlo describir de una manera precisa a propósito de un proyecto.” El esfuerzo es doblemente valioso porque da cuenta de la tarea de la arquitectura de develar el lugar en que va a proyectar pero, además, revela la actitud encomiable con que dicha tarea se asume: la entrega y desapego que el autor hace de la historia previa de su relación con el lugar. Emociona, entonces, como emocionan las historias honestas, las historias que comprometen los afectos, los amores, la vida. Y en esta historia están presentes esos afectos que, en verdad, describen (¿se puede verdaderamente?) la vida contenida en la ciudad: el espacio, el barrio, los vecinos, los trabajadores…Sin embargo, la labor de los arquitectos, es proyectar en ese lugar la resolución del encargo y resolver las cuestiones que le competen para lograr que ese proyecto, en primer lugar se construya y luego se habite. Miás rescata parte de los edificios prexistentes, parte de su estructura es legible y reconocible, pero trastoca el espacio, lo reinterpreta, lo reinventa. Las decisiones proyectuales se enfrentan, entonces, a la realidad que reconstruyen: la obra (así como el proyecto) ha de acometerse a partir de fragmentos dimensionados al paso de las estrechas calles el barrio, se arma en taller, se transporta, se monta, se usa. Todo es muy simbólico y, al menos a mí, no me parece casual que sea el acero el material con que se fragua la historia de esta obra. Sólo por no seguir citando, los invito a leer la memoria que sigue: a los arquitectos tal vez nos permitirá recuperar parte de nuestra propia historia personal; a los que no lo son, les podrá interesar para entender la aproximación al lugar como acto inicial de la arquitectura.
F. Pfenniger
Ubicación:
Arquitecto:
Colaboradores:
Arqto. técnico
Consultores:
Año finalización:
Premios:
Superficie:
Fotógrafo:
Web:
Barcelona, España
Josep Miàs
Bárbara Fachada (project leader), Marta Cases, Emiliano Armani, Orlando Melo, Horacio Arias, Raul Castaño, Luis Carballeda, Carlota Martinez, Xavier Ribera, Neus Caylà, Angélica Fernández, Sonia Maia, Hélène Silvy-Leligois, Lara Lupi, Angélica Riquelme, Francisca Marzotto.
Ramón Fairen
Ingeniería (JG Instalaciones), estructura (BOMA, Josep Ramón Solé, Maria Ibarz), consultores arquitectura (EUROPRINCIPIA, Mònica Vila, Ana Moretti y José Miñarro)
2007
2007 Premio Ciutat de Barcelona, Arquitectura y Urbanismo - Ganador
2008 Premio Catalunya Construcció - Ganador
5.200m2
Adrià Goula
www.miasarquitectes.com
Siendo aún estudiante en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona_ETSAB, la Barceloneta formaba parte de nuestras discusiones.
Restaurantes a pie de playa que más tarde desaparecieron... calles estrechas, pisos pequeños, la ropa tendida en los balcones, las tiendas, los talleres... y su gente, que hablaba, y sigue hablando, rápido y alto.
El proyecto supuso una oportunidad para volver al barrio de una manera interesada; se trataba ya no de una visita lúdica, de un descubrir su gente, sus bares, su aroma... sino más bien de una comprobación del lugar con el afán de identificar aquello que nos permitiera revelar sus cualidades y poderlo describir de una manera precisa a propósito de un proyecto.
Un intento, en definitiva, de querer explicar una realidad, de ofrecer un nuevo y más completo sentido a un proyecto de arquitectura, más allá de resolver un programa, un encargo.
Ya en el concurso para el mercado hicimos un collage con unos peces fantásticos de Cesar Manrique, unos dibujos para niños que podían contener y explicar la alegría de esta gente, su vivacidad, su energía, su ilusión a pesar de muchas, a menudo, dificultades.
En realidad el Mercado siempre ha sido un elemento de cohesión social del barrio, un referente, a veces casi secreto y solamente visible para sus habitantes.
Esta condición de densidad que tiene el mercado en relación a la ciudad debía de ser una condición del proyecto, de manera que el edificio y su entorno más inmediato realmente deviniesen punto de referencia claro de esta pequeña parte de la ciudad de Barcelona.
Es sorprendente ver ahora las fotos que hicimos del mercado durante la construcción, cuando las piezas, los huesos, de este enorme animal, se iban transportando por las calles hasta su lugar definitivo.
Este animal que ahora está prisionero en la trama urbana militar, del barrio, sin posibilidad de escapar.
Creo que es bonito pensar en el recuerdo de las mismas calles para cada uno de estos trozos transportados; cada vecino, testigo por igual del edificio, o al menos de algún fragmento del mercado.
Y sorprende incluso ahora, al recorrer nuevamente en la memoria esa construcción, que hemos compartido con los vecinos, con los trabajadores... la construcción final hecha por piezas, por pequeños trozos de una realidad mayor; el ensamblaje de estas piezas, de estos fragmentos, cortadas en taller previamente, para hacer posible su transporte, y su entrada por las angostas calles hasta su llegada al espacio destinado al mercado.
El mercado quiere formar parte del barrio, de su trama urbana, y se redirige hacia las plazas anterior y posterior – antiguamente no existía la plaza, y las mismas naves que lo forman se cruzaban en el sentido longitudinal de éstas.
Las nuevas figuras metálicas construyen los nuevos espacios del mercado, que no tocan el suelo, sino que cuelgan de la antigua estructura, no de una forma real, ya que las dos estructuras, la existente y la nueva, nunca cruzan diagramas de esfuerzos, sino que lo hacen en un falso equilibrio.
El edificio prisionero, domesticado, se retuerce en este espacio, se reconstruye con cierta violencia, y adquiere una realidad que está entre la memoria de su antiguo ser y la nueva ambición. Se despliega, se repliega, y va ofreciendo los nuevos espacios por descubrir.
Creo que hemos conseguido que el mercado pertenezca nuevamente al barrio con naturalidad; desde el interior del mercado las mismas ventanas de los vecinos se superponen a nuestro cerramiento y forman parte de éste, y a la inversa. Es un mercado que puede entenderse como prolongación de la ciudad, del barrio, de las tiendas, de los bares, con una continuidad cotidiana. Y puede ser cruzado como cruzas un paso de peatones, casi sin mirar a lado y lado. Salas, restaurantes, tiendas, espacios de y para el barrio en definitiva... un sentimiento de pertenecer necesariamente a un lugar, de identificarse con él, y de participar de su energía.
Deseo que el edificio, más allá de ser el mercado del barrio, forme parte con su desparpajo, con su visceralidad del carácter de este barrio tan especial, tan vital, de Barcelona, y que llaman l’Òstia, por alguna que otra razón.
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